martes, 16 de julio de 2013

La austeridad del papa Francisco


Días atrás, en un programa televisivo, el humorista “Campi” imitó paródicamente al papa Francisco con una modesta cruz de madera colgada al cuello y un burdo anillo papal confeccionado con una bolsa de supermercado. El paródico imitador del Santo Padre pretendía parodiar la ya célebre austeridad del papa Francisco, como olvidando que la austeridad del papa Bergoglio reintroduce saludablemente la austeridad entre los hombres públicos de la Argentina, entre quienes se destacó la austeridad de José de San Martín, Leandro Alem, Hipólito Yrigoyen, Alfredo Palacios, Lisandro de la Torre, Amadeo Sabattini, Ricardo Balbín, Arturo Illia... Austeridad que parecía haberse convertido en cosa del pasado argentino y hoy recupera actualidad, gracias a Francisco, en una Argentina posneoliberal aparentemente refractaria a desprenderse de los falsos buenos hábitos del segundo neoliberalismo argentino, que sentase sus reales en la Argentina de 1989-2001. En una Argentina aparentemente decidida a rebajar a mero masoquismo la renuncia al consumo suntuario. En una Argentina inventora de un colectivo naturalmente abordado por el actual pontífice durante su gestión arzobispal y obligado a compartir, con la ridícula suntuosidad del automóvil de lujo,  esas calles porteñas hasta hace poco transitadas por Francisco como ese ciudadano común de la democracia postulado por el nunca bien ponderado Jorge Luis Borges. Ese Francisco renuente a reemplazar el sencillo autobús cardenalicio vaticano, su sencilla cruz obispal de plata y sus modestos mocasines negros por la limusina pontificia, la cruz papal  de oro y los patéticos zapatos rojos obstinadamente calzados por el papa emérito Benedicto XVI durante su desabrido pontificado.
Es muy probable que el papa Francisco ría de buena gana al verse parodiado por “Campi”. El actual pontífice no parece carecer en absoluto del sentido del humor. Pero la austeridad del papa Francisco es más digna de ser imitada que parodiada.
  

Campi” imita al Papa Francisco (11.07.2013)

miércoles, 3 de julio de 2013

Vox Dei, vox populi

En mi breve estancia madrileña de marzo de 1989, cayó en mis manos una moneda española de 1957, con la efigie del Generalísimo Francisco Franco rodeada de la leyenda “Francisco Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios”. Evidentemente, Franco, ferviente católico preconciliar, no se andaba con chiquitas. Hasta se permitió alterar el orden sucesorio de la rama española de la dinastía borbónica, descendiente de un Carlos IV y Fernando VII desplazados por un Napoleón I que, al ceñir la corona imperial francesa, en 1804, se había permitido decir “Dios me la dona, guay de quien la toque”, como emulando a Luis XIV, otro controversial monarca francés, responsable del advenimiento de la rama hispana de la dinastía borbónica. Dicha invocación divina no impediría que Napoleón I desterrase al papa Pío VII (presente en la coronación de Napoleón I) y se divorciase de Josefina Beauharnais para concebir un frustrado Napoleón II con la princesa imperial austríaca María Luisa de Habsburgo, sobrina de una María Antonieta guillotinada por una Revolución Francesa supuestamente continuada por Napoleón I. Pero, a su peculiar modo, Napoleón I había terminado mostrándose justo. Fracasada su usurpación del trono español, con José Bonaparte como titular provisional de la corona hispano-indiana, el Gran Corso había restituido el trono ibérico a su legítimo propietario. No fue así el caso de Franco, quien negó arbitrariamente el derecho del príncipe Juan de Borbón a suceder legítimamente en el trono español a su padre Alfonso XIII, quien había indicado a su representante personal que apadrinase el casamiento de Franco, celebrado antes del desplazamiento de Alfonso XIII por una Segunda República Española tan frustrada como la entronización de don Juan. Al morir Franco, Juan Carlos, nieto de Alfonso XIII, ciñó una  corona destinada en primer término a su progenitor, quien, en 1977, abdicaría formalmente sus derechos sobre el trono en beneficio de su hijo. Franco había ganado post-mortem su apuesta contra  la coronación de don Juan, aunque, pocos años después, Juan Carlos I advertiría con firmeza que el coronel Tejero no consumaría, sobre el actual monarca español, la humillación impuesta por el general Primo de Rivera al Alfonso XIII de 1923.
 
Monedas españolas franquistas (1957)
No sería raro descubrir que al muy católico Franco le haya incomodado, si alguna vez la vio, la zarzuela La corte del faraón, inspirada en la vida de oprobio sobrellevada por el pueblo judío en Egipto antes del Éxodo y contenedora de una mofa de los gobernantes por derecho divino. De ser así, no sería inverosímil la historia narrada por el cineasta José Luis García Sánchez en su película La corte del faraón, estrenada en 1985, ambientada en la pacata España franquista del decenio de 1950 y relativa a las peripecias atravesadas por un grupo artístico detenido en una comisaría y acusado de atentar contra la moral y buenas costumbres con su representación de la citada zarzuela. Durante tres milenios, el Egipto evocado en la zarzuela La corte del faraón estuvo regida por faraones concebidos como hijos de Amón-Ra, el principal dios egipcio, y, por ende, acreedores a la categoría de gobernantes por derecho divino atribuida a Franco en las monedas españolas acuñadas durante su larga dictadura. Sacrílego era, por ende, que un español se mofase de un Caudillo hispánico dotado de potestades recibidas del Creador.
En su biografía de Hipólito Yrigoyen, literariamente encomiable e historiográficamente discutible, Manuel Gálvez refiere cómo, en octubre de 1931, un periodista italiano entrevistó, para el matutino porteño La Nación, al cuasi-octogenario ex presidente Hipólito Yrigoyen en su presidio de Martín García, habiendo transcurrido poco más de un año desde su derrocamiento por un José Félix Uriburu paradójicamente aliado al Yrigoyen de 1890 en la Revolución del Parque. Gálvez atribuye una cierta parcialidad al itálico entrevistador, quien habría acusado a Yrigoyen de estar doblemente desterrado “de la actuación cívica” y “de la realidad de nuestro mundo contemporáneo, como si  Martín García se encontrara a una distancia astronómica de Buenos Aires, y  como si muchas dinastías de Faraones hubiesen actuado desde el 6 de Setiembre de 1930 hasta hoy”[1]. Probable exageración del itálico entrevistador del ex presidente, de cuya defunción se cumplen hoy ochenta años, posiblemente potenciada por la conservadora línea ideológica del diario de los Mitre y la comprensible ignorancia de la historia argentina atribuible a un europeo. La Argentina no ha albergado, como Egipto, las treinta y tres dinastías faraónicas impuestas al país norteafricano durante tres mil largos años, hasta la incorporación de Egipto al dominio imperial romano. Pero sí albergó, durante medio siglo, gobernantes golpistas proclives a autodefinirse, a su modo, como inobjetables gobernantes por derecho divino, que, como en la película de García Sánchez, no titubeaban en arrestar, torturar o ejecutar a quienes osaran cuestionar sacrílegamente el autoatribuido carácter sacrosanto de nuestras dictaduras.
Mientras redacto estas líneas, la tierra de los faraones se ve atravesada por el derrocamiento del presidente Mohamed Morsi, cuyo carácter de mandatario democráticamente electo no parece ser motivo suficiente para respetar su investidura presidencial. ¿Desean los egipcios volver a los gobernantes por derecho divino de su historia antigua? ¿Olvidan, como ya se decía en la Europa medieval, con esas u otras palabras, que la voz de Dios es la voz del pueblo y no la voz de sus opresores?   



[1] Cf.GÁLVEZ, Manuel. Vida de Hipólito Yrigoyen, el hombre del misterio. Buenos Aires, Círculo de Lectores, 1975, pp.434-435. (N.del a.)

lunes, 1 de julio de 2013

El inagotable legado de Juan Domingo Perón

En 1979, yo tenía nueve años y vivía con mis padres y mi hermana de siete años en un caserón boquense. Mi madre me envió una mañana a comprar el pan en una panadería cercana. Al llegar a la esquina, un señor mayor me señaló un fragmento de diario caído en un charco de pútrida agua cloacal, diciéndome: "Aquí dice que se murió Perón". El anciano caballero puede haber sido uno de los numerosos ancianos boquenses atendidos por mi madre en su calidad de médica de PAMI, revistada por mi progenitora durante 27 años. Mi memoria no me es fiel en ese respecto. Como tampoco debía serlo la de aquel anciano caballero, que parecía olvidar que Juan Domingo Perón había muerto hacía cinco años (el 1º de julio de 1974, hace hoy 39 años). (Veintitrés años después, mi abuela Elena caería en las garras de un irreversible Alzheimer en el susodicho caserón).
Nada sabía yo de Perones y Alzheimers a mis nueve años. La política era un semitabú en aquellos crueles años procesistas. Lo sería hasta la derrota argentina en la guerra de Malvinas, cuando la premier británica Margaret Thatcher tuvo la feliz ocurrencia de devenir en la madre espiritual de la actual democracia argentina, destinada a celebrar su milagroso treintanario en este año de 2013. Raúl Alfonsín, el libro de Manuel Gálvez sobre Hipólito Yrigoyen (aberración historiográfica magníficamente redactada) y la biografía de Perón escrita por Joseph A.Page se encargarían, entre 1982 y 1985, de empezar a desasnarme en materia histórico-política. Pero aún no era el tiempo. Todo llega en esta vida.
El brillante literato antiperonista Jorge Luis Borges dijo, en uno de sus magistrales sonetos, juzgar a Buenos Aires tan eterna como el agua y el aire. Perón se extinguió físicamente en 1974. Pero, recordando la inmortalidad del alma predicada por Sócrates antes de beber su cicuta, su legado pinta inagotable. Tal vez por eso aquel anciano caballero manifestase extrañeza al suponer que Perón había muerto, según expresaba, al parecer, aquel pedazo de papel prensa lentamente descompuesto en el agua cloacal boquense.



domingo, 30 de junio de 2013

Telenovela noticiosa

La película italiana Portero de noche, estrenada en 1974, narra las peripecias atravesadas en la Viena de 1957 por la esposa de un célebre director orquestal estadounidense, alojada, durante una gira artística de su consorte, en un edificio vienés, cuyo portero nocturno, antiguo SS, martirizó a la dama en cuestión durante su cautiverio en un campo de prisioneros germano-nazi de la Segunda Guerra Mundial. El portero, encarnado por Dirk Bogarde, no reniega de su pasado hitleriano y, fuera de su horario laboral, se reúne secretamente con otros nostálgicos del III Reich, a rendir tributo al malogrado proyecto nazi en una Viena ocupada en 1938 por impiadosos elementos hitlerianos, que obligaron a un octogenario y enfermizo Sigmund Freud a emprender un tardío exilio londinense, por el simple hecho de ser judío, como si ser judío ofendiera a la Humanidad. (Lamentable es comprobar que ciertos judíos actuales parezcan considerar que el ser palestino ofende a la especie humana, como si esos judíos del siglo XXI d. C.olvidaran el martirio infligido al pueblo judío por elementos no judíos actuantes durante la trimilenaria historia judía y la generosa protección brindada, ante un pretérito antisemitismo cristiano, por musulmanes pretéritos tan islámicos como los actuales palestinos. Aclaro que me cortaría una mano antes de ser antisemita).
Casi cuarenta años después del estreno mundial de Portero de noche, la capital argentina, albergue de una populosa y bien conceptuada comunidad judía, se ha visto conmocionada por el cruel asesinato de la adolescente católica Ángeles Rawson, cuya autoría material ha sido atribuida a Jorge Mangeri, portero de su edificio, dando pábulo a una impiadosa telenovela noticiosa, orquestada por multimedios imprudentemente dotados, por su multitudinaria audiencia, de un poder omnímodo análogo al poder ilimitado imprudentemente depositado por el pueblo alemán en manos de Hitler.
No justifico en absoluto el atroz asesinato de Ángeles Rawson, obligada, a sus escasos dieciséis abriles, a renunciar miserablemente a la vida otorgada a Ángeles por el Dios venerado en la parroquia de la católica escuela de la infortunada estudiante secundaria, masacrada en el año de la elección papal de su compatriota y correligionario religioso Jorge Mario Bergoglio. Fui docente secundario en escuelas públicas del conurbano bonaerense. Tuve alumnas de la edad de Ángeles, provenientes, a diferencia de la señorita Rawson, de hogares familiares en situación de riesgo social, y constreñidas a una maternidad harto temprana, situación que impelía a mi directora a considerar seriamente la posibilidad de abrir un jardín maternal para los hijos de nuestras alumnas, comprensiblemente obligadas por ley de la Nación a finalizar sus estudios secundarios, a fin de evitar situaciones de deserción estudiantil y cierre de cursos por matrícula insuficiente.
No justifico en absoluto el atroz asesinato de Ángeles Rawson. Pero tampoco justifico en absoluto la desmedida cobertura mediática del crimen (ni de las noticias policiales en su conjunto). Ángeles tenía dieciséis años, edad convertida, por otra ley de la Nación, en la edad electoral mínima a partir de las elecciones del año en curso. Figuraba probablemente entre los 750 mil nuevos votantes de 16 a 18 años, habilitados para sufragar en los comicios de 2013, cuyo adelantado debut comicial debería recibir una cobertura mediática mucho más amplia que la macabra e interminable telenovela noticiosa montada en derredor del atroz asesinato de Ángeles Rawson.

 
  
       Ángeles Rawson

viernes, 21 de junio de 2013

Usurpación


Nací en 1970, durante el cuarto de los siete años de gestión del régimen militar conocido como “Revolución Argentina”, de muy dudoso carácter revolucionario y filoargentino. Régimen instaurado tras el derrocamiento del presidente Arturo Illia por los militares que habían derrocado cuatro años antes a su correligionario Arturo Frondizi y obligado a Illia a competir por la presidencia en unos comicios mancillados por una proscripción del peronismo. Peronismo fundado por el mandatario derrocado por el sangriento golpe de Estado rematado por la instauración de una Revolución Libertadora que poco o nada tenía de revolucionaria o libertadora. Proscripción análoga a la aceptación del fraude electoral impuesta por el tándem golpista-conservador a Roberto Ortiz, correligionario de Illia y ungido presidente con problemas de salud física que lo obligaron a suspender su valiente cruzada antifraude y delegar la presidencia en un vicepresidente conservador pro fraude y depuesto por un golpe militar. A Illia lo habían derrocado once días antes de unos festejos tucumanos del sesquicentenario de la independencia argentina que le hubiese tocado honrar a él, elegido presidente por casi dos millones y medio de sufragios, y que honró a medias su usurpador Juan Carlos Onganía, designado presidente por los tres votos de la Junta Militar instaurada en 1966.
En mi año natal de 1970, se cumplían el bicentenario del nacimiento de Manuel Belgrano y el sesquicentenario de su deceso (3 y 20 de junio). Onganía sólo disfrutaría de su mal habida presidencia durante la primera efemérides belgraniana de 1970. Cinco días después, sus propios camaradas de armas le exigían su dimisión, suscrita a regañadientes por un dictador que decía necesitar 15 o 20 años para materializar su confuso plan gubernativo.  La tarea de presidir la conmemoración del sesquicentenario del fallecimiento de Belgrano recaería en su ignoto sucesor Roberto Marcelo Levingston, hoy un nonagenario fósil viviente tan poco tenido en cuenta como antes de su sorpresiva dictadura,  obligado por la Junta Militar de 1970 a reemplazar una modesta  silla de agregaduría militar por el rumboso Sillón de Rivadavia[1]. Como a su derrocado, a Onganía se le atribuían hábitos austeros, siendo dudoso que haya descorchado champaña para celebrar la instauración de la peor dictadura argentina, soportada por todos los argentinos, Onganía incluido, durante siete años de esas vacas flacas mencionadas en una Biblia probablemente frecuentada por el muy católico general, cuya dictadura también había durado siete años, cuatro con  Onganía, tres sin él. Siete años que quizá hayan sido de vacas gordas, al menos si consideramos los voluminosos vacunos admirados durante su dictadura por un Onganía aficionado a visitar la Exposición Rural en la sexagenaria calesa de Roque Sáenz Peña, promulgador de una ley electoral poco respetada por el bando golpista integrado por Onganía.  Cabe suponer que Onganía tampoco descorchó champaña para celebrar sádicamente el deceso de su derrocado, ocurrido a principios de  1983, siendo más probable que la haya descorchado para celebrar en familia la Navidad de dicho año, tras las devociones de la Misa de Gallo, y que soportó estoicamente, desde la quietud de su retiro militar, la televisación de la asunción presidencial de Raúl Alfonsín, con Frondizi e Isabel destinados a un sitial de honor parlamentario, debido a su calidad de ex presidentes constitucionales derrocados supérstites,  los únicos que quedaban al fenecer un 1983 posiblemente menos indeleble para Onganía que para muchos compatriotas suyos, otrora sojuzgados por el ex dictador. Por esas ironías del destino, a Onganía le tocó morir viudo, como su  derrocado, y dormirse en su amado Señor el día del vigésimoquinto aniversario de su destitución presidencial, cuarenta días después del deceso de un Frondizi ideológicamente emparentado, durante mucho tiempo, con Illia[2], quien, al ser derrocado, espetó al general Julio Alsogaray: “Ustedes no tienen nada que ver con el Ejército de San Martín y Belgrano. Le han causado mucho mal a la patria y lo seguirán causando. El país los condenará por esta usurpación…” Alguien (tal vez ese Dios y Argentina supuestamente veneradas por Onganía) condenó por usurpación a Onganía. Al menos si consideramos que el asesinato del ex dictador Pedro Eugenio Aramburu y la destitución de Onganía impidieron al usurpador de Illia presidir la conmemoración del  sesquicentenario del fallecimiento de Belgrano.

Onganía en su ancianidad




Notas:

[1] Al ser designado presidente de facto,  Levingston revistaba como agregado militar en la embajada argentina en Washington. Entre sus comitentes figuraba el general Alejandro Agustín Lanusse, quien lo reemplazaría en la presidencia el 22 de marzo de 1971. Levingston tiene actualmente 93 años de edad. Es, junto con Reynaldo Bignone, el único ex dictador argentino aún viviente. Bignone tiene actualmente 85 años de edad. Enviudó el 13 de marzo de 2013, día de la elección del primer papa argentino, tras seis décadas de matrimonio, al día siguiente de ser sentenciado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad perpetrados durante la dictadura procesista, de la cual Bignone fue su último presidente. (N.del a.)

[2] Onganía fue destituido por sus pares el 8 de junio de 1970 y falleció el 8 de junio de 1995, a la edad de 81 años. Frondizi abandonó el radicalismo tras su derrocamiento, creando su propio partido, el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), destinado a una muy pobre performance en la política argentina.  Su alejamiento del radicalismo no le impidió hacerse acreedor a un reconocimiento simbólico tributado por Raúl Alfonsín a principios de su presidencia. Falleció el 18 de abril de 1995, a la edad de 86 años. Como Illia y Onganía, Frondizi murió viudo, situación agravada por el temprano fallecimiento de su única hija, ocurrido el 19 de agosto de 1976. (N.del a.)

miércoles, 12 de junio de 2013

Maravillosa música


Enfundado en su grueso sobretodo, el presidente Juan Domingo Perón afrontó, en aquella fría tarde del 12 de junio de 1974,  el micrófono emplazado en el mismo balcón que presenciara los discursos de sus dos primeras presidencias, utilizando los siguientes términos al dirigirse a la multitud congregada en la Plaza de Mayo: “Compañeros, retempla mi espíritu estar en presencia de este pueblo que toma en sus manos la responsabilidad de defender a la patria. Creo, también, que ha llegado la hora de que pongamos las cosas en claro. Estamos luchando por superar lo que nos han dejado en la República y, en esta lucha, no debe faltar un solo argentino que tenga el corazón bien templado. Sabemos que tenemos enemigos que han comenzado a mostrar sus uñas. Pero, también sabemos que tenemos a nuestro lado al pueblo, y cuando éste se decide a la lucha, suele ser invencible. Hoy es visible, en esta circunstancia de lucha, que tenemos a nuestro lado al pueblo, y nosotros no defendemos ni defenderemos jamás otra causa que no sea la causa del pueblo. Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección, pero nosotros conocemos perfectamente bien nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin influenciarnos ni por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda. El gobierno del pueblo es manso y es tolerante, pero nuestros enemigos deben saber que tampoco somos tontos. Mientras nosotros no descansamos para cumplir la misión que tenemos y responder a esa responsabilidad que el pueblo ha puesto sobre nuestros hombros, hay muchos que pretenden manejarnos con el engaño y con la violencia; nosotros, frente al engaño y frente a la violencia, impondremos la verdad, que vale mucho más que eso. No queremos que nadie nos tema; queremos, en cambio, que nos comprendan. Cuando el pueblo tiene la persuasión de su destino, no hay nada que temer. Ni la verdad ni el engaño ni la violencia ni ninguna otra circunstancia podrán influenciar a este pueblo en un sentido negativo, como tampoco podrán influenciarnos a nosotros para que cambiemos una dirección que, sabemos, es la dirección de la patria. Sabemos que en esta acción tendremos que enfrentar a los malintencionados y a los aprovechados. Ni los que pretenden desviarnos ni los especuladores ni los aprovechados de todo orden, podrán, en estas circunstancias, medrar con la desgracia del pueblo. Sabemos que en la marcha que hemos emprendido tropezaremos con muchos bandidos que nos querrán detener, pero con el concurso del pueblo nadie puede detener a nadie. Por eso deseo aprovechar esta oportunidad para pedirle a cada uno de ustedes que se transforme en un vigilante observador de los hechos que quieran provocarse y actúe de acuerdo con las circunstancias. Cada uno de nosotros debe ser un realizador, pero ha de ser también un predicador y un agente de vigilancia y control para poder realizar la tarea, y neutralizar lo negativo que tienen los sectores que todavía no han comprendido que tendrán que comprender. Compañeros, esta concentración popular me da el respaldó la contestación a cuanto dije esta mañana. Por eso deseo agradecerles la molestia que se han tomado de llegar hasta esta plaza. Llevar grabado en mi retina este maravilloso espectáculo, en que el pueblo trabajador de la ciudad y de la provincia de Buenos Aires me trae el mensaje que yo necesito. Compañeros, con este agradecimiento quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para construir nuestro país y para liberarlo. Esas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento. Para finalizar, deseo que Dios derrame sobre ustedes todas las venturas y la felicidad que merecen. Les agradezco profundamente que hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”. Años después, su biógrafo estadounidense Joseph A.Page diría que esas palabras sonaban a despedida. Tres semanas después, el 1º de julio de 1974, Perón se despedía efectivamente de su vida terrenal.
En 1984, su compatriota, entrevistador y biógrafo Tomás Eloy Martínez nos pintaría a Perón prediciendo tiempos difíciles para su patria durante su vuelo de regreso definitivo a la Argentina, efectuado el 20 de junio de 1973 desde Madrid. Tiempos difíciles con militares que volverían a conspirar para derrocar gobiernos constitucionales, como venían haciéndolo periódicamente ciertos militares argentinos desde 1930. Perón entendía de eso. Había estado tibiamente ligado al derrocamiento de Hipólito Yrigoyen y, en cierto modo, debía su ascenso político al derrocamiento de Ramón Castillo, aunque después deviniese en uno de los presidentes argentinos más limpiamente elegidos. Él mismo había sido derrocado y expatriado durante largos años y alentado, desde su exilio, la elección presidencial de un Arturo Frondizi también defenestrado por los militares golpistas. Aquel 20 de junio de 1973 había abordado, en Madrid, un vuelo compartido con un Héctor Cámpora destinado a una brevísima presidencia y convertido hacía tres meses en el primer presidente constitucional juramentado tras los siete años de la dictadura instaurada tras el derrocamiento de Arturo Illia. Perón también compartía su vuelo de regreso definitivo con su cuadragenaria tercera esposa, María Estela Martínez Cartas de Perón, destinada a sucederle en la presidencia y ser derrocada por los instauradores de la peor dictadura argentina. A la más maravillosa música sucedería, pocos años después, la crudelísima marcha fúnebre de los campos clandestinos de detención y tortura y del primer neoliberalismo, tapada con mala fortuna por los alegres cánticos del Mundial de Fútbol de 1978. Muchas desgracias esperaban, en efecto, al pueblo argentino, cuya música maravillaba a un Perón próximo a expirar. Habrían de pasar casi treinta años y horrores inenarrables para empezar a revertir esa situación en beneficio del argentino promedio aludido por Perón en su última alocución pública, pronunciada hace casi cuatro decenios.

  
Última aparición pública de Perón (Casa Rosada, 12 de junio de 1974)

   

miércoles, 5 de junio de 2013

Odio al odio


Por estos días me he preguntado por qué muchos argentinos desconfían de la política (o dicen desconfiar, pues, desgraciadamente, mis compatriotas tienen fama de decir una cosa y hacer otra). Hoy, escuchando la disertación de un docente, creí entrever una respuesta a mi interrogante: muchos argentinos no desconfían, en realidad, de la política, sino del odio político, y razón no les faltaría para  desconfiar de él, pues el odio político ha lacerado miserablemente los corazones de nuestra patria, casi desde los inicios de su vida independiente.
¿Cuál es el origen del odio político argentino?  A dicho interrogante pareció proponer una respuesta, hace casi tres decenios, un lector de la revista Humor, noble baluarte antiprocesista lamentablemente autobanalizado a posteriori,  cuando la publicación dirigida por Andrés Cascioli publicó una carta del susodicho lector, cuyo nombre he olvidado, quien decía que un colaborador habitual de Humor hacía mal en decir que él no era radical, sino alfonsinista, pues, según dicho lector,  el personalismo había sido fatídico para la Argentina. “Rosas, Yrigoyen, Perón, dividieron al pueblo”, escribía el citado lector, “y los odios durarán por los siglos de los siglos”.
¿Son Rosas, Yrigoyen y Perón los responsables históricos puntuales del odio político argentino?  No sabría decirlo con exactitud. Lo innegable es que el odio político argentino es de larga data. Se remonta, como mínimo, al sangriento y prolongado enfrentamiento entre unitarios y federales, agravado circa 1838-1848 por la intervención armada anglo-francesa contra ese suelo argentino liberado por José de San Martín, quien, desde su exilio francés, aplaudió la defensa de la soberanía territorial liderada por Juan Manuel de Rosas, gesto que el Libertador premió legando al Restaurador, por vía testamentaria, el célebre sable curvo del Gran Capitán, el más respetado de los personajes históricos argentinos. El odio político argentino se encarnaría posteriormente en las fieras campañas antianarquistas lanzadas circa 1900-1915 por gobernantes conservadores propensos a conceptuar de disolventes las ideas anarquistas traídas a la Argentina por la caudalosa inmigración europea. El odio político argentino también se encarnaría en los enfrentamientos librados circa 1895-1930 entre radicales y conservadores, posteriormente coaligados, con otras expresiones políticas, contra el peronismo, perfilado circa 1945-1955 como ese enemigo común aparentemente requerido por antiguos adversarios políticos para sellar las paces, situación agravada por las tendencias autoritarias del primer peronismo. En su película Eva Perón, de 1996, Juan Carlos Desanzo nos muestra a Arturo Frondizi y otros políticos antiperonistas coaligados con el general Benjamín Menéndez, quien en 1951 encabeza una fallida insurrección militar contra el presidente Juan Domingo Perón. En el film de Desanzo, Frondizi señala una paradoja a un Menéndez ofuscado por sus diferencias con el futuro dictador Eduardo Lonardi. “Yo pertenezco al partido de Hipólito Yrigoyen y usted admira al general que lo derrocó”, dice Frondizi a Menéndez en el film de Desanzo. “Sin embargo, somos socios”. 
El bando golpista, surgido en 1930, perfilaba como el brazo armado de la coalición antiperonista de 1945-1955. Posteriormente, los golpistas refutarían cruelmente esa suposición, al no hacer distinción ideológica alguna entre los presidentes que derrocarían, defenestrando indistintamente al inventor del peronismo, a su tercera consorte, al radical intransigente Arturo Frondizi y al radical del pueblo Arturo Illia y llegando al extremo de convertir en presidente-títere al ucrista José María Guido de 1962-1963. Los golpistas de 1930 y 1955 se conformaron con tratar de acallar al partido político de procedencia de los mandatarios defenestrados en dichos años. Los golpistas de 1966 y 1976 pretendieron suprimir toda forma de política civil, fracasando de manera previsible y ostensible.
La atroz campaña antipolítica procesista de 1976-1982 fracasó rotundamente.  Al desastre militar malvínico de 1982 siguió la restauración democrática de 1983, próxima a celebrar su venturoso treintanario. Los logros de los últimos tres decenios palidecen, empero, ante la desconfianza hacia la política actualmente manifestada por muchos argentinos, quienes, insisto, bien pueden desconfiar más del odio político que de la política en sí misma. Dichos argentinos parecen decididos a institucionalizar el harto desaconsejable Que se vayan todos de diciembre de 2001, cuando, en menos de dos semanas, se produjeron cuatro cambios de presidentes, convirtiendo en un juego de niños esa Anarquía del Año XX que tanto parece haber lacerado el corazón de Manuel Belgrano en su lecho de muerte.
Para muchos argentinos, la clase política parece haber quedado ligada a la implementación de las funestas políticas socioeconómicas neoliberales procesistas de 1976-1983, relanzadas entre 1989 y 2001 por los gobiernos constitucionales encabezados por el peronista Carlos Menem y el radical Fernando de la Rúa, cuyo intachable origen electoral no les impidió incurrir, al definir su agenda socioeconómica,  en los mismos errores garrafales cometidos por la peor dictadura argentina, que sugiriera archivar las urnas, aunque las administraciones duhaldista, kirchnerista y cristinistas se esforzaran perceptiblemente por rectificar, desde 2002, las erróneas políticas socioeconómicas de sus predecesores dictatoriales y constitucionales más inmediatos. Muchos argentinos parecieron concluir, tras la larga agonía final del neoliberalismo argentino, iniciada en 1995, que los militares y políticos no podían solucionar efectivamente los problemas reales de la Argentina. Entre 1976 y 2001, gobiernos dictatoriales y constitucionales habían preconizado unas muy equívocas políticas socioeconómicas. No era posible, según dicha óptica, confiar en los gobernantes. Según dicha interpretación, el mercado no era capaz de autorregularse, como creyesen los neoliberales, pero la sociedad sí. Allí radica el principal desafío de la Argentina contraria al riesgoso antipoliticismo, sincero o insincero,  actualmente detectable en ciertos elementos sociales. Dicho desafío consiste en señalar, a esa Argentina presuntamente antipolítica, las limitaciones acertadamente atribuibles a la capacidad de autorregulación de toda sociedad, con la consiguiente necesidad de intervención estatal.
Esa Argentina presuntamente antipolítica no parece rechazar la política en sí misma, sino el odio político. De ser así, se simplificaría la tarea de repolitizarla, pues se trataría de un rechazo comprensible. El odio, político o no, no puede gustar a ningún ser humano con dos dedos de frente, argentino o no. Tiene todo el derecho del mundo a experimentar y manifestar su desagrado ante el odio. El odio no puede ser incluido entre esos sentimientos constructivos imprescindibles para el progreso humano. En el caso argentino, al odio político se suman otros odios. El odio futbolístico ha mancillado tan miserablemente el noble deporte futbolístico como el odio político a la necesaria actividad política, motor insustituible de la democracia. Los evitables enfrentamientos entre simpatizantes de Boca y River, de Independiente y Racing, de Newell’s y Rosario Central, han ostentado, en décadas recientes, los mismos ribetes desdichados ostentados, en los siglos XIX y XX, por los enfrentamientos entre unitarios y federales, entre radicales y conservadores, entre peronistas y antiperonistas, entre militares y civiles, entre Azules y Colorados, por el evitable conflicto entre la segunda presidencia peronista y la Iglesia Católica, por la desgastante puja entre la primera administración cristinista y el sector agropecuario. Lo que planteo no es quimérico. Mucho me conmovió, hace ya algún tiempo, una escena televisiva ligada al automovilismo, otro deporte favorito de los argentinos. En dicha escena, los simpatizantes de las distintas escuderías, visiblemente autoidentificados con sus respectivos distintivos, coexistían pacíficamente en las tribunas del autódromo afectado a la competición automovilística televisada en dicha ocasión, pese a la presunta rivalidad entre los simpatizantes de Ford y Chevrolet. ¡Qué bueno sería poder registrar esa noble escena en otros ámbitos de la vida nacional e internacional! Esa noble escena demuestra netamente la plena viabilidad de dicha opción existencial.
    Mucho se equivocó el Leopoldo Lugones de 1924 al preconizar una “hora de la espada” como solución para los problemas latinoamericanos. Su suicidio de 1938 puede ser analizado a la luz de la profunda desazón posteriormente experimentada por un Lugones aparentemente percatado de su trágico error. Mucho se equivocó Lugones al autoerigirse en precursor del golpismo argentino, cuyo nacimiento, producido en 1930, incluyera, entre sus parteros, al comisario Leopoldo Lugones (h), vástago del literato y promotor del uso de la picana eléctrica en los interrogatorios a detenidos políticos.
Mucho se equivocó Lugones al promover el golpismo argentino, expresión inequívoca del amor al odio, pero en nada se equivocará el argentino que proponga sustituir el odio por sentimientos constructivos. En nada se equivocará el argentino que promueva, en otras palabras, el odio al odio, el más noble de todos los odios. Amaos los unos a los otros, sentenció nobilísimamente, hace dos milenios, ese noble enemigo del odio llamado Jesús de Nazaret. Siendo hijos de Dios no podemos matarnos entre hermanos. Nuestro Padre nos castigaría con justa razón. Meses atrás, monseñor Jorge Bergoglio se convirtió en el primer sucesor argentino de san Pedro, apóstol predilecto de Jesucristo. Invito a todo habitante del suelo argentino, sea o no un católico argentino, a ver en la asunción del papa Francisco una ocasión propicia para desterrar toda manifestación de odio detectable en la compleja cotidianeidad argentina.
     Jorge Bergoglio (hoy papa Francisco) fotografiado con su hermano Oscar con motivo de su Primera Comunión