El viernes 18 de octubre de 2013, una empleada de la Asociación Argentina de Actores me notificó telefónicamente la postergada cremación de los restos mortales de mi abuelastro-padrino Ernesto Pena, apuntador televisivo jubilado fallecido el 22 de agosto de 1998, a los 66 años de edad, tras haber pedido expresamente que lo sepultasen en su panteón gremial del cementerio porteño de Chacarita, donde, según las normas vigentes, debe cremarse obligatoriamente a todo difunto con más de diez años de fallecido. Cuatro días después, me apersoné en el panteón de mi abuelastro-padrino, cuyo cuidador me recibió con las cenizas del difunto en una bolsa de supermercado, inmediatamente introducidas en una pequeña urna destinada a un diminuto nicho cenicero, cuya placa identificatoria debo llevar al cementerio en los próximos días.
Mientras yo veía a mi único padrino de bautismo católico reducido a cenizas, siete madrinas y padrinos, congregados en Londres, amadrinaban (o apadrinaban) el solemne bautismo anglicano del futuro rey Jorge VII de Inglaterra, primogénito del futuro rey Guillermo V del mismo país. El pequeño biznieto de la actual monarca inglesa fue cristianado con su diminuta anatomía cubierta por una réplica del atuendo bautismal impuesto en 1841 a la tía bisabuela de Isabel II, cristianada ocho años después de la usurpación británica del argentino archipiélago malvínico, mantenida, por increíble que suene, hasta el día de la fecha.
En 1947, Jorge VI, padre de Isabel II y tatarabuelo del futuro Jorge VII, reconoció de buena gana la independencia de la India, considerada, durante los reinados de Victoria I, Eduardo VII y Jorge V, como la joya más preciada de la corona inglesa. Casi setenta años después, todo parece indicar que se ha bautizado a un futuro emperador británico del archipiélago malvínico, cuyos irrisorios volúmenes demográfico-territoriales hacen que la "perdida perla austral", ensalzada décadas atrás en una canción patriótica argentina, parezca un vulgar anillo de bisutería al lado del subcontinente indio.
Mi único padrino de bautismo está actualmente reducido a cenizas. Jamás habitó una Argentina con soberanía efectiva sobre un archipiélago malvínico aparentemente incluido entre los regalos bautismales destinados a su pequeño ahijado por los múltiples madrinas y padrinos de bautismo del futuro rey Jorge VII de Inglaterra.
Los futuros reyes Guillermo V y Jorge VII de Inglaterra en el bautismo de este último, celebrado en Londres el 22 de octubre de 2013. Los acompaña la futura reina Catalina, madre del bautizado
sábado, 26 de octubre de 2013
domingo, 8 de septiembre de 2013
Imperio Lunar del Sol Naciente
En el verano austral de 1983-1984, poco antes de mi decimocuarto cumpleaños, yo disfrutaba de uno de mis muchos veraneos infantojuveniles geselinos, alimentando mis precoces vicios lectores con el generoso catálogo de una librería geselina posteriormente degenerada en un miserable kiosco de diarios. Poco antes del inicio de aquel estío, la Argentina había asistido a una restauración constitucional precedida del incalificable colofón procesista de su dilatada era golpista. Era hora de volver a abrigar esperanzas en el futuro. Como aquel futuro vaticinado en un multicolorido texto infantojuvenil editado en la España de 1981, obligada por el Tejerazo a abrigar las esperanzas en el futuro que, pese al calor estival, se imponía abrigar en la Argentina en aquel verano austral de 1983-1984, tras la hora más oscura vivida hasta entonces por mi patria. El citado texto infantojuvenil llevaba por título El mundo del futuro. Ciudades futuras. Vida cotidiana en el siglo 21 y pretendía vaticinar cómo viviría la Humanidad en la actual centuria. El modesto ensayo futurológico afirmaba que, en el año 2020, ya habría seres humanos habitando la Luna, con millares de hijos selenitas infantojuveniles, y que nuestro satélite podría ser sede de los primeros Juegos Olímpicos del próximo decenio. Como no he conservado el texto en cuestión, debo apelar a mi memoria, felizmente exenta, al menos por ahora, de los estragos de ese Alzheimer tan inenarrable como esos horrores procesistas que empezaba a dejar atrás la Argentina de aquel lejano primer trimestre de 1984.
El texto en cuestión no podía sino fascinar al muchachito que era yo por aquel remoto entonces. La realidad se encargaría posteriormente, no siempre con amabilidad, de incitarme a diferenciar entre fantasías y realidades, sin por ello perder esa esperanza que el maestro Jorge Luis Borges calificó noblemente, en una de sus milongas, como algo jamás vano. Han transcurrido casi tres decenios desde aquel verano austral de 1983-1984. Hace cuatro décadas que ningún ser humano visita la Luna. Los seres humanos seguimos habitando un único planeta, la Tierra. Pero seguimos celebrando, cada cuatro años, las olimpiadas resucitadas a fines del siglo XIX por el barón Pierre de Coubertin, tras quince siglos sin esos juegos olímpicos celebrados en la antigua Grecia durante un milenio. Por estos días sesionó, en la capital argentina, un Comité Olímpico Internacional (COI), encargado de dictaminar dónde se celebrarían los Juegos Olímpicos de 2020. El veredicto del COI, por supuesto, no recayó en una inexistente colonia humana lunar, sino en Tokio, capital de un Japón obligado, en 1945, a presenciar la reproducción de los cráteres lunares en Hiroshima y Nagasaki, efectuados por la patria de Neil Armstrong con sendas bombas atómicas, materializadas tras un trienio de ultrasecreta labor científica en Nuevo México y lanzadas sobre urbes niponas con la intención de poner punto final, de una buena vez, a una Segunda Guerra Mundial iniciada seis años antes con decenas de millones de seres humanos privados de ese elementalísimo derecho vital humano negado a tantos argentinos por esa dictadura procesista concluida en vísperas del verano austral de 1983-1984. Había que poner punto final de una buena vez a la Segunda Guerra Mundial. Aunque Hirohito, emperador del Sol Naciente, debiese perder doscientos mil súbditos en cuarenta y ocho horas para dejar de creerse una reencarnación de la diosa solar shintoísta Amateratsu y fotografiarse democráticamente con su vencedor estadounidense Douglas McArthur.
McArthur falleció el 5 de abril de 1964. Seis meses después, Hirohito inauguraba los primeros Juegos Olímpicos albergados por la capital japonesa. Como Hirohito expiró hace casi un cuarto de siglo, las olimpiadas tokiotas de 2020 serán inauguradas por su hijo Akihito o su nieto Naruhito. En 1964 faltaban escasos cinco años para que Neil Armstrong posara sus pies cerca de esos cráteres lunares reproducidos en 1945 por las bombas atómicas estadounidenses recibidas por Hiroshima y Nagasaki. El suelo nipón ya no albergaba réplicas de cráteres lunares, sino señas materiales del tan mentado "milagro japonés". El autor de El mundo del futuro... parece haberse equivocado. Falta poco más de un sexenio para el año 2020 y es dudoso que la Humanidad llegue a esa fecha en condiciones de celebrar una olimpiada lunar (que no podría celebrarse antes de 2024, pues las olimpiadas de 2020 ya tienen asignada su sede en la capital nipona). La Luna recibe su luz de un Sol encarnado, según el shintoísmo, en una Amateratsu adorada en el Imperio de un Sol Naciente que no tiene por qué pelearse con una Luna frecuentemente concebida, por alguna extraña razón, como antítesis inconciliable del astro rey.
sábado, 31 de agosto de 2013
Villanía holandesa
El 31 de julio de 1914, con Francia a punto de ingresar en la Primera
Guerra Mundial, el fanático nacionalista francés Raoul Villain asesinó a su
compatriota socialista Jean Jaurès, cuya prédica pacifista sonaba a traición a
la patria en el exiguo esquema mental del peor nacionalismo. Villain ultimó a Jaurès
en la puerta del parisino café Le Croissant, cuya actual marquesina
conmemora el asesinato de Jaurès. El 29 de marzo de 1919, tras 56 meses de
detención, Villain fue sobreseído por sus jueces, quienes sostuvieron que el
éxito del pacifismo jaurèsiano habría impedido la victoria militar francesa en la
Primera Guerra Mundial y sentenciaron a la familia de Jaurès a pagar los costos del proceso. Tras su
sobreseimiento, Villain se radicó en España, donde le sorprendió el estallido
de la Guerra Civil Española y una cruel ironía del destino lo sentenció a morir
ejecutado por los republicanos españoles, quienes le acusaron de ser un espía franquista.
Casi un siglo después del asesinato de Jaurès, su compatriota y correligionario
político François Hollande, actual presidente de Francia, ha decidido secundar la
insensata decisión de intervenir militarmente en Siria, tomada por su par
estadounidense Barack Obama, cuya condición de estadounidense de color no le ha
impedido tomar una decisión digna de decisiones similares tomadas por sus
predecesores presidenciales Woodrow Wilson, Franklin D.Roosevelt, Harry
S.Truman y Lyndon Johnson al decidir respectivamente el ingreso de los Estados Unidos
en las dos guerras mundiales, la Guerra Fría y las guerras de Corea y Vietnam. Wilson,
Roosevelt, Truman y Johnson no sólo eran correligionarios políticos de Obama:
pertenecían a esa raza blanca de quienes oprimieran durante siglos enteros la
vida de estadounidenses de color como Obama, lo cual no impide que el actual
mandatario estadounidense adopte ante el conflicto sirio posturas dignas de un
miembro del Ku-Klux-Klan. Algo similar puede decirse de Hollande, cuyo presunto
socialismo no le impide adoptar ante el conflicto sirio una postura que habría
enardecido a Jean Jaurès.
En este caso, la expresión villanía holandesa no pretende
vituperar ridículamente a ningún ciudadano holandés, sino proponer dos
deliberados juegos de palabras. El primero de dichos juegos de palabras se
efectúa en base a la similitud ortográfica existente entre el galicismo
vilain (villano) y el apellido del asesino de Jaurès. El segundo se
efectúa en base al nombre francés de una Holanda geográficamente cercana a una
Francia actualmente presidida por el portador de un apellido coincidente con la
denominación francesa de la nación holandesa. Francia actualmente presidida por
un presunto heredero político de un Jaurès ultimado por un Villain sobreseído
dos meses y medio después del atroz asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl
Liebknecht, acusados de traición a la patria por oponerse a una Primera Guerra
Mundial deplorada en sus inicios por un Jaurès ideológicamente afín a
Luxemburgo y Liebknecht. Los jueces de Villain dictaminaron que Jaurès habría
contribuido, a la larga, a impedir la victoria militar francesa en la Primera
Guerra Mundial. Los asesinos de Luxemburgo y Liebknecht parecían acusar a sus
víctimas de haber contribuido a materializar la humillante derrota militar
alemana en la Gran Guerra, infructuosamente vengada por Adolf Hitler con la
ocupación alemana impuesta a la patria de Jaurès entre 1940 y 1944. Para José
Rivera Indarte era acción santa matar a Juan Manuel de Rosas. Para Villain y
sus jueces parecía ser acción santa matar a Jean Jaurès, cuyo nombre afrancesaba
el primer nombre de un Rosas enfrentado a la invasión anglo-francesa de su
patria y paradójicamente convertido, durante veinticinco años, en refugiado
político de los ingleses. Tras haber reclamado durante casi veinte años la restitución
de las Islas Malvinas, Rosas pasó su último cuarto de siglo en las Islas Británicas,
a merced de la caridad de los usurpadores del archipiélago malvínico.
Croissant es un galicismo internacionalmente utilizado para
designar a ese farináceo que los argentinos preferimos denominar medialuna
y que inventó algún panadero vienés cuando los austríacos detuvieron el avance
militar turco sobre la Viena de 1683. Reducir el emblema religioso islámico a
una modesta porción de masa de panadería era una buena forma de simbolizar la reducción
del poderío islámico, de celebrar el triunfo cristiano sobre los presuntos
infieles musulmanes. Con los años, los croissants han sido incorporados a
los desayunos franceses y argentinos. Seguramente, los siguen sirviendo en el
parisino café Le Croissant. Puede que Obama y su aliado Hollande se reúnan en
los próximos días en París, para acordar detalles sobre la intervención militar
franco-estadounidense sobre una Siria otrora situada bajo dominio
francocolonial. Hollande es socialista (y, por ende, puede que también sea
ateo). Pero Hollande y Obama gobiernan naciones predominantemente cristianas
(católica en el caso francés y protestante en el caso estadounidense). Y ambos están proponiendo una invasión a una
Siria caracterizada por la coexistencia entre cristianos y musulmanes. Bueno sería
que Obama y Hollande celebraran un desayuno de trabajo en Le Croissant, cuyas
medialunas bien pueden alentarlos a tener más presente un noble adagio perteneciente
al idioma materno de Obama. El adagio en cuestión reza: Mind your own business (“Ocúpense
de sus propios asuntos”). Su recordación le está haciendo buena falta al primer
inquilino no blanco de la Casa Blanca. Y también a Hollande, cuya postura ante
el conflicto sirio sabe muy poco al pacifismo jaurèsiano y mucho a una villanía
holandesa.
El parisino café
Le Croissant, con alusiones francófonas al asesinato de Jean Jaurès
jueves, 29 de agosto de 2013
Cambio de hábito
Durante
el otoño austral de 1995, poco después de mi vigesimoquinto cumpleaños,
participé, como feligrés de una parroquia católica porteña, en una
peregrinación a la tumba de Ceferino Namuncurá, albergada en un establecimiento
salesiano de Fortín Mercedes, sito en la orilla bonaerense del río Colorado,
cerca de Bahía Blanca y del límite geopolítico rionegrino-bonaerense. Mi parroquia
había contratado un micro de una empresa especializada, que había tenido la
gentileza de proveer a mi contingente de películas para matizar el largo
trayecto (cerca de setecientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta). Entre
los films
proyectados a bordo de mi micro figuraba la comedia cinematográfica
estadounidense Cambio de hábito, que ningún feligrés de mi parroquia halló
particularmente anticlerical. En dicha película, estrenada en 1992, la actriz
afroestadounidense Whoopi Goldberg
personifica a la licenciosa cantante pop Deloris Van Cartier, obligada
por una persecución mafiosa a solicitar protección policial y recluirse en el estricto
convento californiano de monjas católicas de Saint Katherine, cuya superiora la
obligará a vestir hábitos monacales y adoptar el nombre monástico de Mary
Clarence. Antigua alumna rebelde de escuela católica, poco afecta al rigor monacal,
Deloris/Mary
Clarence intentará hacerse más llevadera su involuntaria reclusión conventual
aplicando su experiencia lírica a mejorar radicalmente la calidad
interpretativa y repertorio musical del alicaído coro del convento. Dirigido
por Deloris/Mary Clarence, el coro de Saint Katherine gana rápidamente en
popularidad y el papa Juan Pablo II, enterado de la experiencia coral, expresa
su deseo de presenciar una actuación del coro de Saint Katherine durante su
visita pastoral a los Estados Unidos.
Whoopi
Goldberg en Cambio
de hábito
Cambiar
de hábitos no es tarea fácil cuando se poseen hábitos particularmente
arraigados. Pero, progresivamente, se los cambia. Atrás en el tiempo van quedando
los curas de largas sotanas negras y los ejércitos de transeúntes enfundados en
ambos, cuellos y corbatas. Hoy se estila andar en camisa, remera o musculosa. Los
uniformes de escuela privada han desechado los ambos, cuellos y corbatas impiadosamente
impuestos a los niños y adolescentes de épocas pretéritas. Al Teatro Colón se
va a escuchar buena música, no a emperifollarse. Curiosamente, la Scala porteña
se yergue en las inmediaciones de unos Tribunales con instalaciones y
derredores frecuentados por abogados empecinados en sus ambos, cuellos y
corbatas, otrora considerados como el must de la vestimenta masculina y
hoy felizmente relegados al desván de los recuerdos. Por jueces de la Corte
Suprema que, por estos días, escuchan gravemente, enfundados en sus anacrónicas
vestiduras, los televisados alegatos de las audiencias públicas destinadas a
dirimir la viabilidad o inviabilidad de la aplicación de la ley mediática
promulgada por hace ya cuatro años la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (tan abogada como los
jurídicos habitués de la zona). Por abogados que, sentados ante mesas de
café ocupadas por pocillos y expedientes, siguen la televisación de las
audiencias en bares con televisores empecinadamente sintonizados en medios audiovisuales
seguramente poco apreciados por la Presidenta y mesas obstinadamente ocupadas
por medios impresos seguramente poco apreciados por la Jefa de Estado. A esa
gente no será tan fácil hacerla cambiar de hábitos. No será fácil hacer cambiar
de hábitos a esos abogados empecinados en sus ropajes anacrónicos. Ni mucho
menos a los millones de argentinos que, durante los últimos veinte años, se han
acostumbrado a concebir la tarea de informarse con el consumo de los productos impresos
y audiovisuales de poderosos grupos multimediáticos. Pero, guste o no, en algo habrán
de ceder en aras de una Argentina mejor para ellos y sus descendientes. Los
cambios de hábitos suelen ser beneficiosos para todos.
jueves, 22 de agosto de 2013
DCR
En las PASO del año en curso,
celebradas días atrás, oficié de suplente de una mesa electoral presidida por
mí en los comicios nacionales de 2011, radicada en un Puerto Madero habitado
por quien suscribe y sus padres desde mayo de 2001, cercana a la mesa receptora
de los votos emitidos desde 2011 por el vicepresidente Amado Boudou y afectada
al padrón integrado por presuntas celebridades domiciliadas en mi complejo
(como el Bambino Veira y una sobrina de un Fernando de la Rúa ingenuamente
votado por mí en las elecciones nacionales de 1991-1992 y 1999). En las PASO
del año en curso, Juan Carlos Blumberg,
hombre tan desafortunado a nivel familiar como político, presenciaba silenciosamente,
en mi cuarto oscuro, el escrutinio de mi mesa, como veedor y precandidato de su
insignificante partido, cuya lista de precandidatos fue la más fácil de
escrutar en mi mesa, donde los blumbergistas habían obtenido un solo voto. La
soledad del único voto blumbergista de mi mesa de las PASO de 2013 contrastaba con infinito
patetismo con las ciento cincuenta mil velas aparentemente posadas sobre mi
trigésimo cuarta torta de cumpleaños, cortada el 1° de abril de 2004, cuando
ciento cincuenta mil almas portadoras de velas abarrotaron
las calles porteñas para acompañar a un Blumberg devastado por la trágica muerte
de su hijo Axel a presentar un petitorio dirigido al Congreso Nacional y
promotor del endurecimiento de penas carcelarias, de una edad de imputabilidad
más temprana y del juicio por jurados. La soledad del único voto blumbergista de mi mesa de las PASO
de 2013 contrastaba con infinito patetismo con las 5.125.000 firmas estampadas al pie del petitorio presentado por
Blumberg y sus ciento cincuenta mil seguidores de aquella noche de abril de
2004. Nueve años después, solo de toda soledad, Blumberg contemplaba impertérrito el escrutinio de mi
mesa.
Al escrutar los 232 votos emitidos en nuestra
mesa, descubrí, junto con mi presidente y fiscales, que no nos resultaría
particularmente difícil contabilizar el solitario voto blumbergista, los 108
votos macristas y 25 votos kirchneristas de mi mesa. Las boletas macristas, las
más numerosas de mi urna, sólo ostentaban cinco cortes de boleta. Las papeletas
kirchneristas no presentaban ningún corte de boleta. Las papeletas macristas y kirchneristas
no parecían, por ende, difíciles de contabilizar, aunque no podía decirse lo mismo
de los numerosos sufragios otorgados en mi mesa a las cuatro listas de
precandidatos de UNEN, debido a su número de listas y los numerosos
cortes de boleta ostentados por sus papeletas de votación y particularmente
perceptibles en la lista encabezada por Elisa Lilita Carrió y Fernando Pino
Solanas y paradójicamente destinada a devenir en la lista de precandidatos más
votada por el electorado porteño afectado a las PASO del año en curso. Sólo una lista de UNEN no presentaba ningún corte de
boleta: la lista
encabezada por Leandro Hipólito Illia, hijo del difunto ex presidente Arturo Illia,
que, además de no haber obtenido ningún corte de boleta, sólo había obtenido
cuatro votos, no mucho menos solitarios que el único voto blumbergista de mi
mesa, probablemente emitidos por un cuarteto de votantes mayores de 70 años, en
nostálgico homenaje al padre del precandidato de UNEN, víctima ilustre de la
harto evitable excrecencia golpista argentina del siglo XX.
En el escrutinio de mi mesa de las PASO de 2013, UNEN parecía
presentarse como tataranieta del radicalismo alemnista del decenio de 1890, fundador
de la Unión Cívica
Radical (UCR). Como es sabido, la Unión Cívica Radical surgió paradójicamente
de un acto de desunión cívica radicalizada, materializado en 1891 con la
decisión de Leandro N.Alem y otros miembros de la Unión Cívica Nacional (UCN)
de alejarse de la UCN, responsable de una Revolución del Parque desembocada en
la dimisión del cuestionado presidente conservador Miguel Ángel Juárez Celman. Alem
y los alemnistas acusaban a la UCN de haber traicionado las banderas de la
Revolución del Parque con el acuerdo electoral suscrito, con miras a las
elecciones presidenciales de 1892, entre los ex presidentes Bartolomé Mitre y
Julio Argentino Roca, este último concuñado y predecesor presidencial de Juárez
Celman. Durante su larguísima y accidentadísima trayectoria histórica, la UCR, supuestamente
definible como una radicalización de la unión cívica, perfilaría reiteradamente,
en los hechos, como una radicalización de la desunión cívica, como parecieron
demostrarlo sus sucesivos enfrentamientos internos: concurrencistas vs.abstencionistas,
personalistas vs.antipersonalistas, balbinistas vs.frondizistas… Ni qué decir
de la harto patética Alianza, ignominiosamente naufragada tras un cuatrienio de
azarosísima navegación por las harto turbulentas aguas del Mar Argentino
neoliberal.
Esa Desunión Cívica Radical (DCR)
parecía contemplarme desde el complejo escrutinio de las numerosas boletas de
UNEN aparecidas en la urna de mi mesa de
las PASO de 2013. Llegué a sentirme un completo imbécil cuando, como un niño
cantor de la Lotería Nacional, debí aclarar, caso por caso, a los fiscales que contabilizaban
los votos en una gran pizarra de tiza, quién había votado por los precandidatos
a diputado de UNEN y quién por sus precandidatos a senador. Así hasta agotar
las cuatro listas de UNEN, que poco honor hacía a su noble nombre con semejante
dispersión.
El radicalismo fracturado, una
constante en la vida de un partido surgido de una escisión. Portada del
libro De
la boina blanca al sushi. Análisis del Partido Radical, de Pablo Regnier (Buenos Aires,
Distal, 2006)
lunes, 19 de agosto de 2013
Bullicio
El
general José de San Martín, cuyo fallecimiento se
conmemoró anteayer, no parece haber sido particularmente afecto al bullicio.
Así parece afirmarlo Bartolomé Mitre en su conocida versión del célebre encuentro de San Martín
con su par venezolano Simón Bolívar, celebrado en 1822 en la ciudad ecuatoriana
de Guayaquil. Según el relato mitrista, la entrevista
de Guayaquil concluyó con un banquete
con baile ofrecido por Bolívar en honor de San Martín. Mitre pinta a un Bolívar consagrado con juvenil ardor a sus amados
valses, danzados tras la comida por un Bolívar discretamente observado por un
San Martín renuente a sumarse a la danza y acompañado de un Tomás Guido interpelado, frisando la medianoche, por
las siguientes palabras del Libertador argentino: "Vamos, no puedo soportar este bullicio". En ese relato, el
circunspecto San Martín aparece despidiéndose discretamente del jovial Bolívar
y embarcándose hacia Lima en una goleta anclada en las cercanías y destinada al
retorno de San Martín a la capital peruana, donde el Libertador argentino renunciará
como Protector del Perú e iniciará su segundo periodo europeo, consistente en el célebre ostracismo vitalicio voluntario sanmartiniano. Ostracismo interrumpido casi tres decenios
después por la defunción de San Martín en la ciudad francesa de Boulogne-sur-mer, donde San
Martín parece haber encomendado su alma a Dios con los galicismos C’est l’orage qui mene au port [1], dirigidos a su unigénita Mercedes. Treinta años
después, los restos mortales del Gran Capitán desembarcarán en un puerto
porteño circundado por una tempestad análoga a la tempestad enigmáticamente postulada por el Gran Capitán tres decenios atrás y encarnada en el sangriento conflicto rematado por la
capitalización de la Reina del Plata. Conflicto similar al conflicto anunciador
del largo enfrentamiento entre unitarios y federales e imperante en el Buenos
Aires de 1828, donde San Martín rehusase desembarcar, aclarándole a su antiguo
subordinado Juan Lavalle que el Libertador argentino no podía ser verdugo de sus conciudadanos.
Orden
general dirigida por el general José de San Martín al Ejército de los Andes el
27 de julio de 1819
Cuando
San Martín se radicó en Europa, aún vivía su genial contemporáneo Ludwig van Beethoven, oriundo de una
Alemania conmocionada por la brutal decisión napoleónica de invadir el suelo
alemán y eliminar de un plumazo el milenario Sacro Imperio Romano Germánico,
fundado por un Carlomagno que Napoleón I parecía deseoso de heredar diez siglos
después del deceso del monarca medieval. Mucho había conmovido a Beethoven la
incomprensible decisión de su admirado Napoleón, como lo explica la brusca supresión
de la dedicatoria al Gran Corso estampada en la partitura original de la
tercera sinfonía beethoveniana. Mucho debía haber dolido a Beethoven
que lo obligasen brutalmente a dejar de admirar a ese Napoleón
responsable de la invasión francesa de la España natal de los padres de un San
Martín enfrentado a los frustrados expulsores franceses de un Fernando VII que San
Martín ayudaría a destronar como emperador de Hispanoamérica.
Cuando San Martín se radicó en Europa, Beethoven aún vivía y componía geniales páginas musicales que jamás escucharía un Beethoven acosado por una sordera malamente mitigada con las toscas trompetillas y cuadernos de conversación destinados a los sordos de un tiempo histórico anterior a los audífonos, diávolos, close captions y cirugías de sordera. La sordera impidió a Beethoven escuchar la última de las nueve sinfonías compuestas por un Beethoven brutalmente obligado a dejar de admirar a Napoleón I. La sordera impidió a Goya, tan voluntariamente autodesterrado como San Martín, escuchar las conversaciones mantenidas en su círculo íntimo de un Burdeos paradójicamente perteneciente a una Francia catalogable como responsable directa de la destitución fallida de Fernando VII como rey de España y responsable indirecta de la destitución fructífera de Fernando VII como emperador de Hispanoamérica. Destitución fructífera avalada por un sable sanmartiniano legado por el Libertador argentino a un Juan Manuel de Rosas alabado por San Martín como defensor de la soberanía nacional argentina. Soberanía otrora defendida por un sable sanmartiniano legado a un Rosas paradójicamente obligado a un exilio vitalicio en una Inglaterra responsable de esas infructuosas Invasiones Inglesas repelidas por un Rosas adolescente, responsable de esa ocupación británica de Malvinas reiteradamente deplorada por el embajador rosista en Londres y corresponsable de ese bloqueo naval anglo-francés repelido por una Argentina gobernada por un Rosas maduro. En 1852, Rosas desembarcaba en un Southampton situado a tiro de piedra de Boulogne-sur-mer, donde el Padre de la Patria encomendase su alma al Padre Celestial hacía menos de dos años. Promediando el decenio de 1820, San Martín había regresado a una Europa aún poblada por un Francisco de Goya destinado a morir tan sordo como Beethoven. Por un Francisco de Goya destinado a pasar a la Historia como el genial documentalista pictórico de la invasión francesa de su España natal. Invasión repelida por hombres como San Martín y hombres y mujeres vilmente masacrados por esbirros franco-napoleónicos en esos tremendos fusilamientos tan crudamente inmortalizados por los pinceles de Goya. San Martín volvía a una Europa aún poblada por un Goya destinado a pasar a la Historia como el genial retratista de un Fernando VII exitosamente destituido como emperador de Hispanoamérica por hispanoamericanos como San Martín e infructuosamente destronado como rey de España por europeos como Napoleón I. Por un Napoleón I destinado a morir en una remotísima isla atlántica, como prisionero de esos ingleses tan execrados por el Gran Corso y frustrados como invasores del Buenos Aires de 1806-1807. De un Buenos Aires hollado pocos años después por los pies de San Martín, tras su primer periodo europeo, e infructuosamente incorporado a un incipiente imperio británico por unos súbditos de Su Graciosa Majestad destinados a incorporar a los dominios de su Corona, menos de tres decenios después, al argentinísimo archipiélago malvínico, cuyos británicos usurpadores serían infructuosamente reducidos, en 1982, por quienes usurpasen el poder político argentino en nombre de un San Martín aparatosamente evocado por los peores dictadores de su patria en ocasión del bicentenario del nacimiento del Libertador argentino.
Beethoven en su mesa de trabajo
Francisco Goya.
Fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en
Madrid
San
Martín no parece haber sido particularmente afecto al bullicio. Lo cual no ha impedido, desde la generalización de los ya clásicos fines de semana largos argentinos, que los sucesivos aniversarios de su deceso sean conceptuados por muchos
argentinos como excusa para la jarana. Sobre todo si el aniversario del deceso
del Libertador argentino también coincide cronológicamente, como en este año de 2013,
con la clásica celebración del Día del Niño. En tiempos de San Martín no se
celebraba el Día del Niño. Por dicho motivo, el Libertador argentino, fallecido
en agosto de 1850, jamás alegró ningún domingo de agosto de su prole con
regalos del Día del Niño destinados a su unigénita Mercedes
y sus nietas Josefa Dominga y María
Mercedes.
Durante
el fin de semana largo en curso por estos días, he tenido
ocasión de recorrer su ciudad natal en esos subtes porteños actualmente
situados, en el plano temporal, en el año de su centenario, en medio de duras
objeciones a su actual grado de mantenimiento. Abordé uno de esos subtes al anochecer el viernes pasado, junto con un vendedor
ambulante, cuya portación de audífono y bastón blanco denunciaba su condición de
discapacitado audiovisual, que no le impedía intentar ganarse honradamente unos
pesos con sus ventas ambulantes de unos modestos juguetes comercializados con
motivo del inminente Día del Niño. Entre dichos juguetes figuraba un visor con imágenes
de unos Pitufos creados por un Pierre Culliford conocido como "Peyo" y oriundo de una Bélgica
habitada por San Martín durante su segundo periodo europeo, en
cuyo decurso San Martín recibiese la bella noticia de su conversión en el abuelo
materno de la primogénita de su hija y yerno, según consigna su difunto
biógrafo José Ignacio García Hamilton, circunstancialmente tratado por quien
suscribe quince años atrás, como joven estudiante de Historia. Las alegrías de
la abuelidad se vieron empañadas, en el caso de San Martín, por las cataratas
de la vejez, contraídas por el Libertador argentino en una época histórica sin
tratamientos efectivos para una patología oftálmica fácilmente tratable, en la
actualidad, por cirugías practicadas con láser, que permitieron a mi abuelo
paterno expirar a los ochenta y cinco años, hace ya un decenio, con el 90% de
su visión. Las cataratas de la vejez impidieron
que San Martín compartiese las alegrías experimentadas por los franceses,
futuros compatriotas de los hermanos Lumière,
ante esas experimentales linternas mágicas definibles como tatarabuelas de ese
tosco visor de los Pitufos adquirido a su minusválido
vendedor por quien suscribe, convertido el anteaño en el tío materno de un
encantador niño, lógicamente deseoso de agasajar a su sobrino en su segundo Día del Niño,
sin ánimo de malcriarlo, con un simpático juguetillo adquirido en un subte con
una cabecera situada a metros del sepulcro definitivo del Gran Capitán y a
menos de un kilómetro de su empalme con el subte abordado por quien suscribe en el anochecer de anteayer,
aniversario del deceso de un San Martín
aparentemente poco afecto al bullicio. En el anochecer de anteayer, el
fallecimiento de un San Martín presuntamente aficionado a la discreción parecía
ser paradójicamente conmemorado con las generosas cuotas de bullicio abonadas,
junto con las cuotas de regalos del Día del Niño, por la numerosa concurrencia
de un centro comercial visitado anoche por quien suscribe y dos amigos
pertenecientes a una comunidad judía históricamente tan maltratada como los
españoles de principios del siglo XIX por esos esbirros franco-napoleónicos
vituperados por el pincel de Goya y el sable de San Martín.
En mi trayecto subterráneo
del anochecer de anteayer, abordé,
en una estación terminal, un vagón ocupado, entre otras personas, por un homeless de sexo indefinible y
aspecto previsiblemente desaliñado, plácidamente dormido sobre uno de los
asientos de pana de mi convoy.
El plácido sueño del homeless no
se vio en absoluto perturbado por el bullicio imperante en mi convoy e intensificado por un alegre
dúo musical dispuesto a ganarse unos pesos amenizando el viaje del pasaje con el
bullicio proveniente de su tamboril y saxofón.
El desaliñado homeless parecía ignorar que estaba
homenajeando muy aceptablemente a un San Martín mitrista fastidiado por el bullicio bolivariano. En el nuevo aniversario del fallecimiento de San Martín, el desaliñado homeless, ostensiblemente rodeado de bullicio, optaba, con admirable
constancia, por esa discreción particularmente apreciada por el San Martín mitrista. El desaliñado homeless parecía ignorar que estaba homenajeando muy aceptablemente al Padre de una Patria que no es nadie, sino todos, como observase noblemente Jorge Luis Borges en ese sesquicentenario de la independencia argentina innoblemente avasallado por quienes acababan de destituir a un Arturo Illia que acusase valientemente a sus castrenses expulsores de no tener nada que ver con el ejército de San Martín y Belgrano, biografiados por Mitre. Sí, todos somos la Patria. Incluso el desaliñado homeless plácidamente dormido en mi bullicioso
convoy subterráneo del
anochecer de anteayer.
Homeless dormido en subte
porteño (17/08/2013)
martes, 6 de agosto de 2013
Protección divina
"Invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia", reza el preámbulo constitucional argentino de 1853. En las culturas paganas y no paganas, la casta sacerdotal ha constituido, durante milenios, la principal invocadora de la protección divina. En estas vísperas electorales argentinas, al menos dos componentes visuales han reflejado el poder sacerdotal de invocación de protección divina. En uno de dichos componentes, consistente en una foto de campaña electoral previsiblemente deplorada por el antikirchnerismo, el papa Francisco departe amistosamente con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el precandidato kirchnerista Martín Insaurralde, durante las recientes y muy concurridas Jornadas Mundiales de la Juventud Católica en Río de Janeiro. La voluminosa y colorida kipá del rabino Sergio Bergman, infaltablemente calada sobre la testa del precandidato macrista, constituye otro componente visual frecuentemente detectable en las vísperas electorales argentinas del año en curso. Bergman utiliza su llamativa kipá hasta para reemplazar el casco de ciclista que los ciclistas más prudentes emplearían para bordear en sus bicicletas las flamantes plataformas del Metrobus de la porteña Avenida 9 de Julio, recientemente inauguradas por el macrismo y bordeadas en bicicleta por rabí Bergman en una encantadora fotografía difundida días atrás.
Francisco, Cristina e Insaurralde en un afiche electoral kirchnerista de 2013
Rabí Bergman en bicicleta
La cultura judeocristiana, marcadamente predominante en el caso argentino, no reconoce la indivisibilidad islámica entre los poderes políticos y religiosos, cuya supresión en la Turquía kemalista tanto ofuscara a los musulmanes ortodoxos. Por eso no debe llevarse allende el plano simbólico la presencia política de rabí Bergman, ni la aparición del papa Francisco, amigo de rabí Bergman, en un afiche electoral kirchnerista. Pero tampoco debe subestimarse el peso del componente simbólico. El papa Francisco y el rabino Bergman pertenecen a la principal casta de invocadores humanos de protección divina. Lo cual les confiere un status de liderazgo espiritual que ni siquiera pueden invalidarse desde las máximas instancias del poder temporal. Al verlo enfrentado con la Iglesia Católica, en la Argentina de 1954-1955, el muy católico dictador español Francisco Franco habría aconsejado, allende los mares, a su futuro asilado Juan Domingo Perón: "Juan Domingo, tenga paciencia, procure llegar a un acuerdo, piense que la Iglesia es eterna y nuestros regímenes son pasajeros". No debe subestimarse a quienes poseen potestades de invocación divina. Y menos a quienes las poseen en la máxima proporción destinable al ser humano.
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